La llave rascó la cerradura y, con un chasquido, vació la oscuridad del armario. El hombre llamó
a su novia y el grito reverberó en aquella casa que reestrenaban. La joven entró en la
habitación y le dio un beso en la espalda mientras sus manos rodeaban la cintura, al entrelazar
los dedos notó el peso del lazo que les ataba desde la firma de la hipoteca de aquella casa.
Sacudió la cabeza y se puso de puntillas para ver lo que había en el armario por encima de su
hombro. Un escalofrío irracional recorrió su cuerpo al ver la cruz de madera que sujetaban dos
angelotes que parecían mirarla.
Una semana antes la llave había condenado aquella figurita al encierro. Las nietas de la antigua
dueña ya no sabían qué hacer con todos los ornamentos que su beata abuela había acumulado
durante su vida y confabularon para abandonar esa cruz en particular. Ya en ese momento se
preguntaron entre risas qué pensarían la pareja de compradores cuando la descubrieran. La
duda las asaltaría cuando menos se lo esperaran a lo largo de muchos años.
Lo que no sabían es que esa cruz había llegado a manos de su abuela, de forma inesperada,
una mañana después de despedir a uno de sus inquilinos: un señor educado y taciturno que
nunca habló de su vida, como hacía el resto. Al limpiar el cuarto, la escoba chocó contra un
bulto bajo la cama y, al agacharse para ver de qué se trataba, se encontró con la mirada
acusadora de uno de los ángeles. Por una cuestión de respeto religioso la guardo, pero nunca
se sintió cómoda con ella y muchas veces se preguntaría quien era ese hombre que se la había
dejado olvidada.
No era cierto que se la hubiera dejado olvidada: El hombre había decidido después de mucho
pensarlo dejarla en aquel lugar con la esperanza de librarse de ella. Había aparecido en su
huerto una mañana mientras hacía los surcos para plantar hortalizas. Su esposa enferma había
pensado que era una buena señal y la había colocado en la casa. Pero no les había traído más
que desgracias: su mujer había empeorado y habían tenido que mal vender todo lo que tenían
para trasladarse a la capital cuando la ingresaron, sus hijos se habían marchado a trabajar al
extranjero y no habían vuelto a saber de ellos y él había ido de una pensión a otra cargando
con la cruz de la que su mujer se había negado a deshacerse. La mañana que le llamaron del
hospital decidió dejar la pensión y la cruz, objeto culpable de todos sus males. Y por última vez
pensó en su maldito creador.
El anterior propietario, al contrario, había tenido mucha suerte desde que adquirió la imagen
en un pequeño taller, al quedar cautivado por los amables ojos de los ángeles. Poco después
cantó misa y le dieron destino en un pequeño pueblo donde vivió feliz hasta que empezó la
guerra. Entonces recordó la extraña historia que le había contado el vendedor: La cruz con sus
ángeles se la había dado un hombre culto y altivo que había aparecido durante la noche en su
taller. Decía que era una de sus obras pero que prefería mantenerse en el anonimato y
deshacerse de ella. El hombre había intentado negarse a aceptarla amablemente, en su cabeza
lo único que lo echaba atrás del provechoso trato eran aquellos ángeles que parecían leerle el
alma. El aristócrata le había reprendido, como leyendo sus pensamientos, diciéndole que hasta
los ángeles caídos merecían ser representados y respetados, tras decir aquello se había
marchado, dejándola, sin dar pie a una nueva negativa. El comerciante también le advirtió que
desde entonces los ángeles habían parecido cambiar, sobre todo sus ojos. No lo había creído,
pensando que era una artimaña para conseguir un mejor precio, pero lo cierto es que el mismo
había apreciado pequeños cambios en los ojos de aquellos ángeles de escayola a lo largo de
aquellos felices años. Un poco por superstición y un poco por cariño hacía la imagen, la
enterró en un huerto cercano a la iglesia para que no cayera en malas manos, preguntándose
quién era aquel extraño artista que se había desprendido de ella y porqué habría hecho
referencia a los ángeles caídos.
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