miércoles, 14 de enero de 2015

Ella y el otoño

Subió la pequeña loma de la colina y se paró un instante al llegar a la cima para recuperar el

aliento. Su mirada recorrió el pueblo. Pequeño, marrón y ordenado. Ella señala su casa, junto

al ayuntamiento y luego la de él, al otro lado de la plaza. Le sonríe con aquella expresión

cristalina que le hacía estremecerse, mientras traza con el dedo la larga calle que lleva de la

Plaza a la maciza y austera iglesia. Señala la pequeña casa que había junto a ella y siente cómo

sus labios se acercan a su oído para susurrarle “la nuestra”, bajito y con amor, como si fuera un

magnífico deseo que había que guardar en secreto. Sus ojos se empañaron.

Le dio la espalda y volvió su vista al mundo que se extendía al otro lado de las colinas que

cercaban el pueblo. Había subido muchas veces hasta ese lugar durante aquel año. Ahora solo

lo hacía para recordarla. Se había imaginado echando a andar, sin nada. Él, tierra bajo sus pies,

cielo sobre su cabeza y el mundo- no el suyo, otro- paseando junto a él.

Andar lejos. Lejos de la lluvia que mojaba sus labios, igual que sus besos; lejos de la niebla que

acariciaba su rostro, igual que su aliento; lejos del olor de los membrillos, igual que el olor de

su piel; lejos de las hojas doradas del hayedo, igual que el dorado de su pelo; lejos de la luna

brillando sobre la escarcha, igual que sobre su blanco pecho; lejos, en definitiva de aquel

noviembre que sabía a ella. Pero había temido que la distancia que pudiera alcanzar, por sus

propios medios, no fuera la suficiente como para que aquella dichosa estación dejara de oler a

ella.

Sin embargo, hacía unos días que le habían dicho que podría pedir una cosa, lo que más

deseara. Inmediatamente pensó en ella; pero estaba fuera del alcance humano y dudaba que

ninguna entidad divina se la trajera de vuelta. Por eso, no había dudado a la hora de pedir una

motocicleta, negra como su luto. El alcalde había sonreído y le había indicado al siguiente

vecino que se acercara.

Volvió a mirar el pueblo, la iglesia, su cementerio. La sal le quemaba en los ojos y el amargor le

corrompía el alma. Tendría que ir a despedirse de ella. En la segunda fila, el tercer nicho de la

derecha. Lo llevaba grabado en el corazón a fuego. Después se marcharía y no pararía hasta

que las hojas marchitas de aquel mes de escarchas dejaran de brillar como ella.

Él aún ignoraba que el otoño no tenía la culpa de sus recuerdos.

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