martes, 15 de noviembre de 2016
EL RUIDO DEL SILENCIO
viernes, 25 de diciembre de 2015
Si Darth Vader fuera poeta, escribiría esto:
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Haikus en el corredor de la muerte
sólo regresan cuerpos
a la celda gris.
*
Por los barrotes
un rayo gris de luna
me da esperanzas.
martes, 1 de diciembre de 2015
Cruce de líneas
-¡Cómo has podido hacerme esto!
-¿Perdón?
-¡No vengas ahora con disculpas! Eres un… ¡No te mereces ni que gaste saliva insultándote!
- Disculpa
-¡Qué no me pidas disculpas! No tienes perdón, ¡y con ella, no había otra!
-Te estas equivocando…
-¡Tendrás el valor de negarlo! Os he visto con mis propios ojos.
- Pero es que yo…
-No te atrevas a volver a casa, no quiero volver a verte… jamás.
- ¿Estás llorando?
- …
-¿Estás bien?
-Pero… ¿tú…? ¡oh, no!
-Intentaba decírtelo, has debido de equivocarte de número.
-¡Qué vergüenza! ¡Me quiero morir!
-¡No! No. Mira, lo cierto es que es mejor que hayas equivocado el número, es mejor que no le hayas dado la satisfacción de verte así.
-Ya… discúlpame, por favor. Estaba tan cabreada. No escuchaba nada de lo que decías. En
serio, perdón por la escena.
-Lo entiendo. Por desgracia, he pasado por algo parecido… ¿tu prefijo es 923?
-Sí, ¿por qué?
- ¿Quedamos debajo del reloj para tomarnos un café y hablar en persona?
martes, 24 de noviembre de 2015
Insatisfacción
Después, nos dimos cuenta de que tanto tabique era un error y contratamos obreros para que vaciaran la casa de paredes. Ellos tendieron un tobogán desde la ventana hasta el contenedor, que se fue tragando los cascotes. Cuando ya no quedaban muros que tirar, nos vimos disconformes con el suelo y les pedimos que lo quitaran. Las losetas rotas desaparecieron siguiendo el camino de los cascotes. Mirando el espacio que ha quedado, nos hemos dado cuenta de que no queda qué habitar y da igual porque, últimamente, al mirarnos es evidente que no nos gusta el otro para esta casa.
Al otro lado del cristal
Me solapaba a esas vidas, que transcurrían al otro lado, como si fueran mías: la madre hacendosa y el padre preocupado, la hija creciendo demasiado deprisa mientras el hijo no parecía madurar nunca.
Ellos no percibían mi observación constante. Al principio me extrañó, llegando incluso a ofenderme, su forma de ignorar mi presencia, hasta que fui consciente de la razón de su ceguera: yo no era más que un fantasma tras el cristal.
martes, 10 de noviembre de 2015
Afortunado accidente
Sobre la mesa del despacho del comisario se extendían las fotos de la escena del crimen. El cuerpo de la joven prostituta, destrozado sobre el asfalto, se exhibía en toda su cruda y cubista desnudez. El informe del forense, abierto sobre las fotos, establecía como causa de la muerte un fuerte golpe en la nuca, no se podía determinar si había sido anterior o provocado por la caída desde el noveno piso.
El comisario apartó el informe y fijó su atención en la imagen tomada en la habitación: la ventana abierta, la loción derramada por el suelo… unos pies descalzos bien podían haber resbalado, precipitándose al vacío. Un desafortunado accidente, decidió, recogiendo todo para dar carpetazo al asunto.
Antes de volver a casa, quemó la carta que la chica había estado escribiendo a su esposa y limpió por enésima vez la culata de la pistola.
martes, 27 de octubre de 2015
El picaporte
miércoles, 7 de octubre de 2015
Instrucciones para olvidar
Si cuando terminamos aún quedan recuerdos que no se quieren conservar, lo mejor es dar una capa de pintura sobre todo. Iniciar con el negro y, cuando esté bien seca, pintar de blanco. Queda sobre los recuerdos una capa gris, como la niebla cerca del mar, que creará una cierta indiferencia hacia ellos.
Por último, en este lienzo habrá que ir pintando nuevos recuerdos, se recomienda hacerlo con pincel y pinturas a estrenar, para no cometer los mismos errores.
lunes, 22 de junio de 2015
Chaiyanu
Tus ojos, que miran por primera vez.
Nota el viento en la piel.
Escucha el temblar de los arboles mecidos.
Respira el olor de a lluvia
Y descubre el calor de la vela.
Hoy las estrellas giran para ti y la luna de plata ilumina tu ser.
Bendito seas, que conocerás el mundo.
lunes, 15 de junio de 2015
-ne- al am-r en un p-r-al
un enlace, que cruza el aire y el mar
de cerveza y de carne que llena el bar.
Ella indica que inicie la jugada.
El índice la guía hacia la arcada.
Calla la muchedumbre del lugar
la marea carnal creada de un lunar,
cerca, la galería auxilia la amada.
En la umbría acaricia la figura
rival. La lengua haya vida nueva
y dibuja en carmín la nuez madura .
La luz vecinal quiebra, en blancura,
la idea de un final feliz en la cueva.
Ducha fría, le dice caradura.
miércoles, 10 de junio de 2015
La atípica vida de Elena Soto
miércoles, 3 de junio de 2015
Septiembre
nubes. Nosotros exprimíamos el fin de verano, después de haberlo bebido con avidez, como si
se le fueran las vitaminas, ahora disfrutábamos de cada sorbo de aquel dulce néctar que
empezaba a tener el amargor de los finales de temporada.
“El último partido antes de la partida” había bromeado alguien, pero la frase, hecha sin
esfuerzo, arrancó poco más que sonrisas melancólicas.
La cancha antes había sido roja pero la luz, la lluvia y el tiempo se habían ido comiendo el color
hasta volverlo de un fuerte ocre. El balón iba de unos a otros buscando una canasta, la
definitiva, su rugosa superficie regresaba firme a la palma de mi mano en cada bote. La noté
fría y tersa en el pase.
En cada parpadeo miles de luciérnagas danesas revoloteaban furiosas para escapar de mis
ojos, reflejo del gajo que le quedaba al horizonte por disfrutar.
Último pase, tiro a canasta conteniendo el aliento de todo el equipo. Fin del partido.
Celebraciones y comentarios ácidos sobre lo que pasaría si hubiera tiempo para la revancha.
La oscuridad lo inundó todo. Las salpicaduras de las nubes ahora eran de zumo de mora y
ciruela. Sonó un mechero y la llama ambarina lo iluminó todo brevemente. Después,
únicamente quedó el extremo del cigarro subrayando de un tono más marcado cada calada,
hasta la última.
Irremediablemente habíamos devorado el verano en aquel pueblo y, cuando volviéramos al
bullicio de la vida corriente, sólo nos quedaría de él un recuerdo dulce y fresco al fondo de la
memoria.
miércoles, 29 de abril de 2015
Los ángeles
a su novia y el grito reverberó en aquella casa que reestrenaban. La joven entró en la
habitación y le dio un beso en la espalda mientras sus manos rodeaban la cintura, al entrelazar
los dedos notó el peso del lazo que les ataba desde la firma de la hipoteca de aquella casa.
Sacudió la cabeza y se puso de puntillas para ver lo que había en el armario por encima de su
hombro. Un escalofrío irracional recorrió su cuerpo al ver la cruz de madera que sujetaban dos
angelotes que parecían mirarla.
Una semana antes la llave había condenado aquella figurita al encierro. Las nietas de la antigua
dueña ya no sabían qué hacer con todos los ornamentos que su beata abuela había acumulado
durante su vida y confabularon para abandonar esa cruz en particular. Ya en ese momento se
preguntaron entre risas qué pensarían la pareja de compradores cuando la descubrieran. La
duda las asaltaría cuando menos se lo esperaran a lo largo de muchos años.
Lo que no sabían es que esa cruz había llegado a manos de su abuela, de forma inesperada,
una mañana después de despedir a uno de sus inquilinos: un señor educado y taciturno que
nunca habló de su vida, como hacía el resto. Al limpiar el cuarto, la escoba chocó contra un
bulto bajo la cama y, al agacharse para ver de qué se trataba, se encontró con la mirada
acusadora de uno de los ángeles. Por una cuestión de respeto religioso la guardo, pero nunca
se sintió cómoda con ella y muchas veces se preguntaría quien era ese hombre que se la había
dejado olvidada.
No era cierto que se la hubiera dejado olvidada: El hombre había decidido después de mucho
pensarlo dejarla en aquel lugar con la esperanza de librarse de ella. Había aparecido en su
huerto una mañana mientras hacía los surcos para plantar hortalizas. Su esposa enferma había
pensado que era una buena señal y la había colocado en la casa. Pero no les había traído más
que desgracias: su mujer había empeorado y habían tenido que mal vender todo lo que tenían
para trasladarse a la capital cuando la ingresaron, sus hijos se habían marchado a trabajar al
extranjero y no habían vuelto a saber de ellos y él había ido de una pensión a otra cargando
con la cruz de la que su mujer se había negado a deshacerse. La mañana que le llamaron del
hospital decidió dejar la pensión y la cruz, objeto culpable de todos sus males. Y por última vez
pensó en su maldito creador.
El anterior propietario, al contrario, había tenido mucha suerte desde que adquirió la imagen
en un pequeño taller, al quedar cautivado por los amables ojos de los ángeles. Poco después
cantó misa y le dieron destino en un pequeño pueblo donde vivió feliz hasta que empezó la
guerra. Entonces recordó la extraña historia que le había contado el vendedor: La cruz con sus
ángeles se la había dado un hombre culto y altivo que había aparecido durante la noche en su
taller. Decía que era una de sus obras pero que prefería mantenerse en el anonimato y
deshacerse de ella. El hombre había intentado negarse a aceptarla amablemente, en su cabeza
lo único que lo echaba atrás del provechoso trato eran aquellos ángeles que parecían leerle el
alma. El aristócrata le había reprendido, como leyendo sus pensamientos, diciéndole que hasta
los ángeles caídos merecían ser representados y respetados, tras decir aquello se había
marchado, dejándola, sin dar pie a una nueva negativa. El comerciante también le advirtió que
desde entonces los ángeles habían parecido cambiar, sobre todo sus ojos. No lo había creído,
pensando que era una artimaña para conseguir un mejor precio, pero lo cierto es que el mismo
había apreciado pequeños cambios en los ojos de aquellos ángeles de escayola a lo largo de
aquellos felices años. Un poco por superstición y un poco por cariño hacía la imagen, la
enterró en un huerto cercano a la iglesia para que no cayera en malas manos, preguntándose
quién era aquel extraño artista que se había desprendido de ella y porqué habría hecho
referencia a los ángeles caídos.
jueves, 2 de abril de 2015
Un maldito soneto mentiroso
mas la vida me quema las entrañas
y horas pierdo buscando entre marañas
de estos versos, si lucho por rimarte.
Ya quizás no es opción el que yo me harte
del malvado soneto, pues me engañas:
¨No te harán los tercetos mil migrañas
si de buenos cuartetos creas baluarte¨
¡Ay, la rima pervierte mi buen juicio!
Encontré mal perdida mi vigilia
creando, triste este encargo, vil indicio
de tu engaño, y nadie me auxilia.
Me rebelo al penúltimo y a ti, rima,
mi corsé opresor, yo, te asesino.
sábado, 7 de marzo de 2015
El sueño del pescador
Se acerca y juntos nos dirigimos a la minka. Corro la fusuma para cerrarla, observando el exterior, nadie se ha percatado de nuestra ausencia en la playa.
Me espera junto al futon extendido en el tatami. Cuidadosamente retiro el kakebuton y coloco la makura. Cojo un paño de seda y le vendo los ojos antes de desnudarme. Comienzo a desvestirle lentamente, se estremece al sentir mis manos, frías de pasar horas bajo el agua sobre su torso, y ronronea al sentir mis dedos recorriendo su columna vertebral hasta posarse en sus caderas. Sus manos me buscan aferrando mi cuerpo contra el suyo. Me separo apartando su cuerpo de forma violenta, la sorpresa le hace llevarse las manos al vello que tiene sobre los ojos. Impido que se lo quite y hago que se tumbe. Me obedece a regañadientes más por la evidente excitación que por seguirme el juego.
Comienzo a recorrer su cuerpo con mis labios, remarcando el camino con mis uñas. Mis dientes le arrancan un grito de sorpresa al cerrarse sobre uno de sus pezones. Cuando lo repito con el otro, el grito se convierte en un gutural sonido brotado de su pecho. Rodeo de besos su ombligo y comienza a temblar. Me buscan sus manos y respondo guiándolas por mi propio cuerpo. Se me escapa un gemido indiscreto y su cuerpo se revoluciona ante él. Bruscamente me aparto y uno nuestras humedades comprobando que encajan a la perfección.
Comenzamos a movernos al ritmo. Me encuentro al borde del abismo y sé que me acompaña.
Entonces noto una sacudida, muy distinta a la que esperaba, en el hombro. Mis ojos enfocan la cara de mi shujin, que acaba de llegar a la playa con su barca y me mira desconcertado. Sacudo la cabeza y me deshago de los restos de mi fantasía extramarital. Mi marido me deja y vuelve a la barca donde ayuda a su compañero, el objeto de mis deseos ocultos, a descargar los aparejos.
Suspiro frustrada. No me siento culpable y menos después de que mi shujin me confesara que fantasea que es un pulpo que me penetra con todos sus tentáculos. Al menos mis fantasías son lógicas.
domingo, 1 de marzo de 2015
El ilusionista de palabras
Al fin y al cabo, a eso se dedicaba: a moldearlas hasta que adquirían en matiz que deseaba y a
unirlas a su antojo. Las decía y las grababa en tinta o en pixeles, esperando que cumplieran el
propósito que buscaba. Y dichas o escritas, lo cierto es que ahí quedaban. Con el significado
esperado en la superficie y el significado más puro y verdadero bien escondido. Y, con toda su
alma, esperaba que siguiera oculto, pues, como un ilusionista maquilla su arte, él maquillaba
con palabras grandilocuentes, llenas de sentimientos e ideales de virtud, aquello que no le
quería decir en voz alta, aquello que ni se atrevía a formularse en lo más intimo de su ser,
aquello sobre lo que se mentía hasta a sí mismo, la peor clase de mentira que existe ya que se
corre el riesgo de acabar creyendo que la farsa es la propia realidad. Y por falta de valor, falta
de honor, lo guardaba incluso de su conciencia sepultado bajo mil palabras bien dichas.
¿Qué iba a hacer? No tenía más que palabras. Como un diccionario, sin nada detrás del vacuo
significado semántico.
Y, realmente, en cuanto ella quiso romperse en mil pedazos en vez de ir sufriendo la lenta
agonía de saberlo sin saberlo, y buscó la realidad tras sus bonitas palabras, se dio cuenta de
que eran infértiles y vacías, como él. Porque habían quedado marcadas en ella, que se las
había creído esperando, deseando, que él no fuera de esos que miran a los ojos y mienten y
engañándose, sabiendo la verdad, había dejado que él se la ocultara con sus agridulces
discursos. Clavadas en su memoria y en su alma, le evidenciaron, al término, la hipocresía de él
y el autoengaño de ella.
Y es que de poco sirve poseer todos los vocablos cuando se es alguien cuya palabra carece de
valor.
lunes, 16 de febrero de 2015
La muerte de los poemas
En aquella noche la luna eclipsaba todas las estrellas. Las campanas replicaron esparciendo su sonido metálico en volutas escalofriantes, desde la gloriosa basílica al espectral caserón, morada de sueños perdidos escritos sobre cadáveres de antiguos bosques. A la sombra del templo, el cementerio jugaba con la luna a las sombras chinas y, más allá de la verja que separaba a los muertos en Dios de los condenados, surgió la niebla, ondulante y gélida. Las gasas plateadas se extendieron por el cementerio de los malditos acariciando las letras gravadas en piedra, nombres y fechas anclados en un pasado olvidado entre silencios pudorosos. Se colaron entre las verjas y se dejaron llevar junto al metálico reclamo de santos, cubriendo la ciudad de los vivos con su emanación, hasta llegar a las puertas del aquel cementerio de ideas.
Las olas lamieron las puertas, besando la madera. Los goznes quejumbrosos se doblegaron, reticentes, abriendo la casa, desnudando su íntimo secreto a los curiosos rayos argentados. El aliento de la necrópolis se arrastró por los suelos alfombrados de polvo, hasta llegar al corazón mismo, al alma de aquel lugar sagrado de Apolo. Penetró en la tumba de deseos gritados a nadie, de secretos a la vista del mundo, ideales al alcance de quien quisiera, cuando nadie más que sus autores podía conocer el empírico significado, enmascarado en mil metáforas laberínticas.
La niebla onduló tomando forma y consistencia, besada por la luna que conjuró la figura, apenas espejismo del cuerpo, inmaterial y gaseosa de una mujer, demasiado joven, demasiado bella. La niebla la vestía de gris plata, abrazando su busto, silencioso y quieto, antes de caer en espumosas cascadas a sus pies. El rostro pálido, sin expresión, los ojos muertos de demasiado sentir, muertos y muerta ella de brutal realidad, de un no siempre vale querer para poder.
Su mano se meció hasta el níveo cuello, donde un cordón sostenía el guardapelo palpitante que descansaba sobre su vacío pecho. Un atisbo de su perdida humanidad le hizo dudar si cometer aquel sacrilegio cultural, antes de abrir el guardapelo.
Las almas de aquellos que buscaron amor en poemas ajenos rompiéndose el corazón en mil suspiros de ilusos sentimientos, escaparon liberadas de las cadenas que los mantenían encerradas en aquella celda dorada. Silenciosas entraron en las páginas y tomaron lo que no era suyo. Rompieron versos y desbarataron rimas. Revolvieron el ritmo y el tono. Mataron cada poema con desnatural rabia, volcando sus propias realidades, su desesperación y sus anhelos estériles donde poetas camicaces habían puesto sentimientos frugales.
Con el trabajo realizado, saciadas ya de venganza pero igual de rotas e infelices, decidieron volver a la cárcel que sostenía la joven suicida en sus manos. Si hubiera podido llorar lo habría hecho, por los poemas convertidos en prosa y por ella misma y su desgracia.
Pero a las portadoras de la muerte no se les permite tal lujo.
martes, 20 de enero de 2015
Sinestesia
A la nariz, quien tenga la suerte- buena o mala- de tener sinestesia, recuerda a notas bajas de
violín aderezadas con un piano.
En boca, a los mismos que sufren de esta unión sensorial, inunda la vista de colores marrones
rojizos con destellos dorados de fondo.
A los que no tienen esta curiosa forma de entenderse con el mundo, ha de saberles y olerles a
vino, con su toque de alcohol, madera y uva. Quizás los de sentidos más afinados logren
encontrar un matiz floral y terroso.
Marinar con una buena noche junto al fuego, a ser posible en buena compañía. Con un Gabriel
García Márquez combina a la perfección
miércoles, 14 de enero de 2015
Ella y el otoño
aliento. Su mirada recorrió el pueblo. Pequeño, marrón y ordenado. Ella señala su casa, junto
al ayuntamiento y luego la de él, al otro lado de la plaza. Le sonríe con aquella expresión
cristalina que le hacía estremecerse, mientras traza con el dedo la larga calle que lleva de la
Plaza a la maciza y austera iglesia. Señala la pequeña casa que había junto a ella y siente cómo
sus labios se acercan a su oído para susurrarle “la nuestra”, bajito y con amor, como si fuera un
magnífico deseo que había que guardar en secreto. Sus ojos se empañaron.
Le dio la espalda y volvió su vista al mundo que se extendía al otro lado de las colinas que
cercaban el pueblo. Había subido muchas veces hasta ese lugar durante aquel año. Ahora solo
lo hacía para recordarla. Se había imaginado echando a andar, sin nada. Él, tierra bajo sus pies,
cielo sobre su cabeza y el mundo- no el suyo, otro- paseando junto a él.
Andar lejos. Lejos de la lluvia que mojaba sus labios, igual que sus besos; lejos de la niebla que
acariciaba su rostro, igual que su aliento; lejos del olor de los membrillos, igual que el olor de
su piel; lejos de las hojas doradas del hayedo, igual que el dorado de su pelo; lejos de la luna
brillando sobre la escarcha, igual que sobre su blanco pecho; lejos, en definitiva de aquel
noviembre que sabía a ella. Pero había temido que la distancia que pudiera alcanzar, por sus
propios medios, no fuera la suficiente como para que aquella dichosa estación dejara de oler a
ella.
Sin embargo, hacía unos días que le habían dicho que podría pedir una cosa, lo que más
deseara. Inmediatamente pensó en ella; pero estaba fuera del alcance humano y dudaba que
ninguna entidad divina se la trajera de vuelta. Por eso, no había dudado a la hora de pedir una
motocicleta, negra como su luto. El alcalde había sonreído y le había indicado al siguiente
vecino que se acercara.
Volvió a mirar el pueblo, la iglesia, su cementerio. La sal le quemaba en los ojos y el amargor le
corrompía el alma. Tendría que ir a despedirse de ella. En la segunda fila, el tercer nicho de la
derecha. Lo llevaba grabado en el corazón a fuego. Después se marcharía y no pararía hasta
que las hojas marchitas de aquel mes de escarchas dejaran de brillar como ella.
Él aún ignoraba que el otoño no tenía la culpa de sus recuerdos.